El modelo de Suzuki absorbe bien los baches y se muestra algo subvirador.
La marca automovilística Suzuki ha decidido lanzar en el mercado español la versión sedán de su modelo Liana. Éste comparte la mayoría de las características dinámicas y prestacionales con el Liana 5 puertas, incluso las dimensiones. Lo que cambia es el diseño, ahora más clásico, y el maletero, ahora más grande, aunque menos versátil.
El nombre del Liana tiene un curioso origen. No tiene que ver nada con Tarzán y sus aventuras en la selva, ya que Liana, según nos han explicado los responsables de Suzuki, es un acrónimo de la frase inglesa Life In A New Age (Vida en una Nueva Era) con lo que se pretende vender un afán de modernismo y concepto nuevo.
Para los más tradicionalistas, llega a nuestro mercado la versión Sedán del Suzuki Liana. Ésta mantiene las mismas cotas exteriores que la versión de cinco puertas y propone un formato más clásico (cuatro puertas y maletero independiente).
Si
comentábamos que las dimensiones exteriores varían, no pasa lo mismo con las cotas interiores, ya que cambia la cota de altura (se pierden ocho centímetros en las plazas traseras) y, por supuesto, la configuración del maletero, que, aunque incrementa su volumen de carga (se pasa de los 310 a los 495 L), pierde en versatilidad frente a la versión de cinco puertas.
El motor que anima esta versión es un 1,6 L que ofrece 103 CV y un par máximo de 14,4 mkg. Esta mecánica destaca por su baja rumorosidad y suavidad hasta que realmente sube de vueltas (4.500 rpm, aproximadamente) Esa suavidad viene acompañada de una entrega de potencia muy lineal hasta las citadas 4.500 rpm, momento a partir del cual la curva del par desciende muy poco a poco, con lo que el motor se estira hasta las 6.500 rpm.
Uno de los problemas con los que nos hemos encontrado en este Liana es con el hecho de que monta unos desarrollos algo largos, sobre todo en las marchas más altas. Esto provoca que se deba acudir al cambio de manera constante a la hora de superar cualquier cuesta o realizar algún adelantamiento. Suerte tenemos que el cambio, de un uso agradable y buen tacto, hace que el trago se pasa mejor.
Mucho confort En cuanto al comportamiento, se ha primado el confort sobre la deportividad. Las suspensiones son muy suaves, lo que provoca un balanceo no excesivamente acusado de la carrocería, aunque se puede realizar un paso por curva a velocidades considerablemente altas. Pero primero hay que acostumbrarse a una dirección que no goza de un tacto excesivamente preciso, pero, una vez hechos a ella, acaba por otorgarnos la confianza suficiente pasados los kilómetros necesarios para la aclimatación.
El principal perjudicado de estos detalles es el conductor. La escasa sujeción lateral del Liana provoca que deba apoyarse en el volante y sobre las piernas para no moverse como un barco, habida cuenta de que las butacas delanteras no agarran demasiado.
Y es que es en las carreteras más despejadas, en las que el aplomo es más sólido y permite aprovechar el buen rendimiento del motor 1.6 –penalizado por la tracción total- para mantener cruceros de unos 150/160 km/h sin aparente dificultad.
Es en estos casos cuando el consumo se dispara y obtenemos cifras cercanas a los 10 L a poco que pisemos algo el acelerador.
Aparte de eso, gracias al esquema de las suspensiones como por la ayuda que supone la tracción total, la estabilidad está por encima de la media, con una tendencia bastante contenida para irse de morro una vez alcanzado el límite, aunque esto es muy fácil de corregir.
Refiriéndonos al interior, es de destacar la gran comodidad de los asientos en todas las plazas. Las delanteras, salvada la falta de sujeción lateral, dan una gran sensación de espacio y desahogo sobre unos asientos de un buen mullido. En cuanto a la plaza del conductor, hay que señalar de forma negativa la falta de efectividad del reglaje en altura.
En cuanto al precio de este Liana Sedán es el mismo que el de la versión cinco puertas (15.901 €, 2.645.704 pesetas) y también está disponible en versión de dos y cuatro ruedas motrices.
La tracción total, que nuestra unidad de pruebas poseía, cuesta unos 1.600 € más (266.218 pesetas) y es un argumento para moverse sobre terrenos resbaladizos o sobre pistas de tierra con ciertas garantías (aunque no es esta su principal función). Si habitualmente no nos movemos por orografía complicada o por carreteras en malas condiciones, pensamos que no compensa demasiado, ya que el Liana con ella corre menos y gasta más.